Capítulo 13 - Erasmo y Lutero en Debate | thebereancall.org

Dave Hunt

Casi cualquier discusión profunda con los calvinistas eventualmente toca el tema del libre albedrío. Y, casi siempre, se hará referencia a la Esclavitud de la Voluntad de Martin Lutero. John Armstrong declara, " en última instancia esto es todo aquello que la reforma trata... La esclavitud de la voluntad... Lutero dijo que este libro es importante porque nos regresa a donde está la verdadera batalla".[1]

Los calvinistas no están solos en su gran respeto por este largo tratado. Muchos evangélicos, incluso sin haber leído la Esclavitud de la Voluntad, mantienen a Lutero en alta estima simplemente por el papel clave que tuvo en la reforma. Claro que, todo el mundo occidental tiene una deuda de gratitud con Martin Lutero por su lucha incondicional contra la tiranía del catolicismo romano que gobernaba el mundo sin desafío en aquel momento. Sin embargo eso no significa, que debemos aceptar todo lo que escribió con su pluma sin compararlo con cuidado a la palabra de Dios.

Consternado por el libertinaje que había visto en el Vaticano y en el clero en su visita a Roma y por la venta de indulgencias como entradas al cielo (financiando la continua construcción y remodelación de la Basílica de San Pedro), el 31 de octubre de 1517, Lutero clavó su discusión del poder y la eficacia de las indulgencias (conocido como Las Noventa y Cinco Tesis[2]) a la puerta de la capilla del castillo de Wittenberg. (Juan Calvino era entonces un niño de ocho años de edad). Copias traducidas del latín original se distribuyeron ampliamente en muchos idiomas, incitando el acalorado debate en toda Europa y despertando la esperanza entre multitudes de que el yugo de Roma por fin pudo ser aflojado y hasta quebrantado.

Sin embargo, cuando uno estudia sus 95 tesis, parece que Lutero no estaba totalmente opuesto a las indulgencias - sólo a sus abusos. En este momento, él seguía siendo en su corazón un católico romano, no deseando dejar su iglesia falsa y corrupta, sino que deseaba reformarla. En lugar de dejarla, él sería excomulgado. Rechazó la venta de indulgencias por dinero y la falsa proclamación de que una indulgencia de cualquier tipo pudiese comprar la salvación. Pero aun así, es evidente desde los siguientes extractos de sus 95 tesis que todavía creía en el purgatorio y aceptaba el valor de ciertas indulgencias de tipo limitado:

Los Párrafos 17-22

Por otra parte, no parece probado, ya sea por la razón o por las Escrituras, que las almas en el purgatorio están fuera de un estado de mérito... Tampoco parece probado que las almas en el purgatorio, al menos no todos, están ciertas o seguras de su propia salvación. Los predicadores de indulgencias están en un error al decir que un hombre es absuelto de cada pena y salvo por indulgencias papales.  Por cierto, el Papa no remite las penas a las almas en el purgatorio que, conforme a la ley del canon, deberían haberlas pagado en esta vida.

Párrafo 26

 El Papa hace muy bien cuando concede la remisión a las almas en el purgatorio, no por el poder de las llaves, que él no tiene, sino a través de la intercesión por ellos.

Párrafo 29

Quién sabe si todas las almas del Purgatorio desean ser redimidas, puesto que tenemos excepciones en  Severinus y Pascual, como lo relata la leyenda.

Párrafos que 38-41

Sin embargo, la remisión papal y la bendición no son para ser tenidas en cuenta… Pero esto debe ser predicado con precaución, no sea que la gente crea erróneamente que son preferibles a otras buenas obras de amor.[3]

Es evidente que Lutero, lejos de haber renunciado a todas las abominaciones de Roma, solo trazaba cautelosamente su camino. Lo mismo sería cierto de Calvino, quien siguió los pasos de Lutero algunos años más tarde. Ni tampoco estos reformadores fueron librados totalmente de los errores de Roma. Trágicamente, de esta manera, mucho equipaje anti-bíblico se trasladó del catolicismo al luteranismo y también al calvinismo, que permanece hasta el día de hoy. Por ejemplo, millones de luteranos y calvinistas en todo el mundo permanecen bajo la ilusión mortal que su bautismo como infantes los convierte en  hijos de Dios para ir al cielo. Su “confirmación” posterior sólo refuerza esta ilusión mortal.

Algunos Hechos Relevantes

El 12 de octubre de 1518, Lutero fue convocado a Roma por orden del Papa Leo X. Permaneció arrestado y recluido en Augsburgo durante juicio ante el Cardenal Cajetan. Lutero rechazó un tribunal imparcial y huyó por su vida en la noche.  El 3 de enero de 1521, una Bula Papal formal fue emitida por el Papa consignando a Lutero al infierno, si él no se retractaba. El emperador, prometiendo la seguridad de Lutero, lo convocó a comparecer ante la “Dieta de Worms” (Asamblea Imperial de Gusanos) el 17 de abril de 1521. El Canciller de Treves, orador de la dieta, exigió que se retractara de sus escritos. Lutero dio esta valiente y famosa respuesta:

No puedo someter mi fe al Papa ni a los ayuntamientos, porque está claro, como la luz del día, que ellos tienden con frecuencia a errar y contradecirse mutuamente. A menos que sea convencido por el testimonio de las Escrituras o por el razonamiento más claro... No puedo y no me retractaré. Estoy aquí. No puedo hacer ninguna otra cosa; que Dios me ayude. ¡Amén! [4]

Ahora como forajido por edicto papal, Lutero huyó otra vez y fue "secuestrado" en su camino de regreso a Wittenberg por amigos que lo llevaron para su custodia al castillo de Wartburg. Desde allí difunde más “herejía” en las Escrituras que sacudieron aún más a toda Europa. La determinación de Roma para eliminar la infidelidad Luterana, según lo expresado por las autoridades católicas en Marzo de 1529 en la segunda Dieta de Speyer, provocó a una serie de príncipes independientes hacer valer el derecho de vivir según la Biblia. Expresaron esta resolución firme en la famosa “protesta” del 19 de abril de 1529, de la cual se acuñó el término “Protestante”.

La dieta Imperial fue convocada en Augsburgo para un examen exhaustivo de las herejías protestantes. (Lutero, habiendo sido excomulgado en 1521, era un hombre buscado y no se atrevió a aparecer). El 25 de Junio de 1530, la confesión de Augsburgo (preparado por Melanchthon en consulta con Lutero) fue leída delante de unos 200 dignatarios. Delinearon las claras diferencias entre el catolicismo y el luteranismo. En particular, artículo IV, afirmó que los hombres “están libremente justificados de sus pecados, y son perdonados por Dios, quien, por su muerte, propició por nuestros pecados.” Artículo XIII declaró que “los sacramentos fueron ordenados... a ser signos y testimonios” y condenó a “aquellos que enseñan que los sacramentos justifican por algún actuar exterior...” Artículo XV amonestó “que las tradiciones humanas instituidas para propiciar a Dios, a gracia de mérito y para propiciar por los pecados, se oponen al evangelio y la doctrina de la fe. Por lo tanto, los votos y las tradiciones referentes a carnes y días, etc., instituidas como gracia de mérito y... para hacer expiación por los pecados, son inútiles y contrarias al Evangelio”.[5]

Lutero aún tenía la esperanza de que la iglesia podría reformarse desde dentro. Pero aun así la confesión de Augsburgo todavía sostiene a la iglesia católica como la iglesia verdadera, y aquellos que firmaron pretendían ser los verdaderos católicos. Varias veces el documento se refiere a la firmeza de la fe católica tradicional de los preparadores, particularmente por su posición de la presencia literal de Cristo en la Eucaristía (todavía aceptada por luteranos hoy) y el poder regenerador del bautismo de infantes en oposición a los “Ana-bautistas heréticos”.

Cuanto más las cosas Cambian, más Permanecen Igual

Mientras que este “acuerdo” fue alcanzado para sanar un cisma teológico, que se había iniciado en cuanto a  las indulgencias, todavía el Papa Juan Pablo II desafiantemente ofrecía indulgencias especiales para el año 2000: perdón de los pecados por abandonar el tabaco por un día, por hacer una peregrinación a Roma, por caminar a través de una o más de las cuatro “puertas santas” que el abriría y así sucesivamente. A pesar de este nuevo “acuerdo” entre Luteranos y Católicos, no hay ningún cambio que podríamos destacar en las prácticas y creencias católicas.

Todo lo que Martin Lutero había opuesto tan vigorosamente todavía, quedaba completamente en su lugar — incluyendo el uso de escapularios prometiendo que “todo aquel que muere con este escapulario no sufrirá fuego eterno” (Juan Pablo II, a quien muchos evangélicos llaman un “buen cristiano”, ha usado uno desde la infancia); el uso de medallas supuestamente milagrosas para la protección; el uso de “agua bendita”; oraciones a los Santos y especialmente a María, incluso por la ayuda y la salvación; peregrinaciones a santuarios (algunos peregrinos caminando de rodillas sangrantes, para ganar mejor el perdón de sus pecados). Y muchas otras prácticas anti-bíblicas y supersticiosas para enumerar algunas. Nunca la justificación por la fe fue tan completamente negada, como la que predicó Lutero — y los luteranos estaban muy deseosos de sanar esta división con Roma, por los cuales miles fueron quemados en la hoguera.

Incluso el Papa Juan Pablo II tuvo la desfachatez de recordarle al mundo que la práctica de las peregrinaciones santas para el perdón de los pecados, se habían iniciado en el año 1300 por el papa Bonifacio VIII, a quien alabó como “de bendita memoria”. Al parecer Juan Pablo II había olvidado que Bonifacio era un asesino, anticristiano, abiertamente fornicando (con una madre y su hija que estaban entre sus amantes), un Papa que había sido tan malo (aunque no más que muchos de los papas que lo precedieron o aun vinieron después)  que Dante lo “sepulta” boca abajo en la grieta más profunda del infierno en su libro Inferno.

Matando a sus 6.000 habitantes, Bonifacio “de bendita memoria” según Juan Pablo II, había destruido completamente la hermosa ciudad Colonna de Palestrina, Italia (con todo su arte y estructuras históricas que remontan hasta  Julio Cesar) reduciéndolo a un campo arado que sembró con sal — dando indulgencias a quienes hicieron este mal injustificable.

Bonifacio había emitido el Unam Sanctam, una Bula Papal “infalible”, en 1302 (aún tiene plena vigencia en el día de hoy), declarando que no hay ninguna salvación fuera de la iglesia católica romana y para el que quiera ser salvo, era “totalmente necesario… someterse al Pontífice romano”.

Menos de un año después de la declaración conjunta, Juan Pablo II, para no ser superado por Bonifacio, confirmó nuevamente que no había ninguna salvación fuera de su iglesia. Los luteranos se ofendieron, como si esto fuera algo nuevo. Pero los Pontífices habían hecho estas declaraciones antes y  han mantenido los mismos dogmas durante mucho tiempo en los catecismos católicos y otros numerosos documentos oficiales. Tampoco el nuevo “acuerdo” entre luteranos y católicos trató (y mucho menos corrigió) otras numerosas herejías Romanistas.

Crédito donde es Merecido

Sin lugar a duda, Martin Lutero fue un gran reformador, a quien debemos (por la gracia de Dios) gran parte de la libertad de culto, conciencia y expresión que existe en el mundo occidental hoy en contraste, por ejemplo, a la casi total ausencia de tales bendiciones en el mundo musulmán y comunista. Sin embargo, mucho sucedió antes de que fuera posible lo que Lutero logró. Este hecho debe tenerse en cuenta en la evaluación de sus contribuciones.

Lutero mismo dijo, “no somos los primeros en declarar el papado como el Reino del Anticristo, ya que durante muchos años antes que nosotros muchos grandes hombres... se han emprendido a expresar lo mismo claramente...”[6]

Por ejemplo, en un Consejo completo en Reims en el siglo X, el obispo de Orleans nombró al Papa como el Anticristo. En el siglo XI, Roma fue denunciada como “la sede de Satanás” por Berenger de Tours. Los valdenses denominaron al Papa como el Anticristo en un tratado titulado “La lección del Noble en 1100 D.C.  En 1206 una conferencia albigense en Montreal Francia, se refirió al Vaticano como la mujer “embriagada con la sangre de los mártires”, que ha continuado demostrándolo hasta este día a pesar de los vergonzosos nuevos “acuerdos” entre los Evangélicos y Católicos Juntos y la más reciente Declaración Conjunta.

Un movimiento entre los sacerdotes y monjes que clamaban por un retorno a la Biblia comenzó muchos siglos antes de Lutero. El movimiento de reforma dentro de la Iglesia Romana puede rastrearse desde Prisciliano, obispo de Ávila. Falsamente acusado de herejía, brujería e inmoralidad por un Sínodo en Burdeos, Francia, en 384 D.C. (siete de sus escrituras, probaron que estas acusaciones eran falsas, éstas fueron descubiertas recientemente en la biblioteca de la Universidad de Wurzburgo de Alemania), Prisciliano y otros seis fueron decapitados en Trier en 385. Millones de auténticos cristianos fueron martirizados a manos de la iglesia católica romana en los siglos sucesivos, antes de la reforma.

Yendo hacia adelante, a finales del siglo XIV, John Wycliff, llamado la “estrella de la mañana de la reforma”, abogó por la autoridad de las Escrituras, libro traducido y publicado en inglés (aunque, igual de rápido, fueron quemados por los católicos romanos).  El predicó y escribió contra los males de los Papas y los dogmas católicos, especialmente la transubstanciación. Influenciado por Wycliff, Jan Hus, un sacerdote católico ferviente y rector de la Universidad de Praga, fue excomulgado en 1410. Fue quemado en la hoguera como un “hereje” en 1415, 100 años antes de Lutero y la Reforma protestante — por llamar a  la Iglesia corrupta, a venir a la santidad  y a la autoridad de la palabra de Dios. En 1429, el Papa Martin V ordenó al rey de Polonia exterminar a los Husitas.

Muchos otros que vivían cerca del tiempo de Lutero, desempeñaron un papel importante en la preparación de Europa para la reforma. Uno de ellos fue Erasmo de Rotterdam. Debido a su papel en provocar a Lutero a escribir lo que algunos han llamado su obra maestra, La Esclavitud de la Voluntad, este hombre fascinante, llamado por algunos historiadores “el puente a la reforma”, debe ocupar nuestra atención. A la altura de la reforma, se decía popularmente en París que “Lutero sólo había abierto la puerta, después de que Erasmo abrió la cerradura”.[7]

Erasmo de Rotterdam

Erasmo es uno de los más interesantes y enigmáticos — y de muchas maneras trágicas — figuras de la historia. Nació fuera del matrimonio, un hecho desconocido a su padre, Gerard, quien, habiendo huido de la culpabilidad desde Holanda a Roma, le dijeron que su amante, Margaret, había muerto. Consumido por la pena y remordimiento, Gerard ingresó al sacerdocio. Al regresar más tarde a Holanda, descubrió para su gran alegría que Margaret estaba viva, al igual que su hijo. Sin embargo Gerard no rompería sus votos sacerdotales, ni tampoco Margaret se casaría con otro. Juntos se dedicaron a su hijo, Erasmo, a quien pusieron en la escuela a la temprana edad de cuatro.

A pesar de ser huérfano en su adolescencia y vivir durante años en pobreza extrema, Erasmo se dedicó al estudio del griego, latín y los clásicos y se convirtió en posiblemente el erudito más elocuente de su época. Ordenado como sacerdote Agustino a los 24 años de edad, el año en que Colón navegó a América (1492), su espléndido intelecto y claridad inusual de expresión, hizo eventualmente famoso a Erasmo. Él fue cortejado por los poderosos y ricos, incluyendo Reyes, príncipes, prelados e incluso Papas, que buscaban su favor. Enrique VIII invitó a Erasmo a Inglaterra, donde dio una conferencia en la Universidad de Cambridge y fue amigo de luminarias, como el Arzobispo Warham, John Colet y Sir Thomas More. Al mismo tiempo, Erasmo no ocultaba su disgusto por muchas de las prácticas de su iglesia.

            Tanto el rechazo de Erasmus por la doctrina central de Roma de la transubstanciación y su sentido del humor (y también su capacidad para permanecer en la gracia de personas importantes, a pesar de ofenderlos) son ilustrados por un famoso incidente. Sir Thomas había prestado a Erasmus un caballo para llevarlo a la nave que lo llevaría a través del canal al continente.  Erasmo siempre irascible llevó el caballo abordo y, llegando a la orilla, lo llevo hasta su casa. Cuando Tomas More  se quejó, Erasmus escribió de regreso (reflejando las muchas veces que lo había intentado convencerlo de la transubstanciación) una breve melodía que decía:

Dijiste de la presencia corporal de Cristo: Crees que lo tienes y lo tienes. Y de la yegua que tomé, mi respuesta es la misma: Creo que la tengo y la tengo.[8]

Erasmo el renegado, ya había canalizado su agudo ingenio en la sátira más cortante, que usó para “descubrir y combatir los vicios de la iglesia [católica romana]... atacó a los monjes y los abusos prevalecientes con sarcasmos elegantes y mordaces contra la teología y la devoción de su tiempo... el inmolaba... a esos filósofos y monjes ignorantes contra quien había declarado la guerra”.[9] Como uno de sus medios, Erasmo utiliza hábilmente la ficción como un arma. En su libro The Praise of Folly (El Elogio de la Locura), escrito en gran parte en la casa de Thomas More,  personificó la diosa “locura” como Moría, a quien escribió líneas como;

¿No vemos a cada país reclamando a su Santo peculiar? Cada problema tiene su Santo y todos los Santos una vela encendida. Uno cura el dolor de muelas; otro asiste a las mujeres en el parto, un tercero restaura lo que ha robado un ladrón... Especialmente [virtuosa es] la Virgen Madre de Dios, en quien la gente coloca más confianza que en su Hijo...[10]

Moría ataca a los obispos “que corren más hacia el oro que a las almas”. Incluso los funcionarios más altos de Roma no podían escaparse. Ella (Moría) pregunta “¿puede haber mayores enemigos de la iglesia que los Pontífices impíos, que permiten que Jesucristo sea olvidado; que lo atan por sus reglamentos mercenarios; que falsifican su doctrina por interpretaciones forzadas y lo crucifican por segunda vez por sus vidas escandalosas?”[11]

El Precursor de la Reforma

El libro The Praise of Folly (Elogio de la Locura) apareció en 27 ediciones y en todos los idiomas europeos durante la vida de Erasmus y “contribuyó más que cualquier otra [escritura] para confirmar la tendencia anti-sacerdotal de su tiempo”. Se instó a los hombres a volver al “cristianismo de la Biblia” y señaló que la Vulgata “abundaba con errores”, un año antes de que Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de la capilla de Wittenberg, Erasmo publicó su edición crítica del Nuevo Testamento en griego, que contribuyó enormemente al éxito de Lutero mediante la apertura de una imagen más clara de la verdad de Dios a muchos estudiantes serios de las Escrituras.

Erasmo alzó su voz “contra la masiva reglamentación” de la iglesia sobre el vestido, el ayuno, los días de fiesta, los votos, el matrimonio y las confesiones que oprimieron al pueblo y enriquecen a los sacerdotes. Elocuentemente presionaba su ataque, de los cuales lo siguiente es prueba:

En las iglesias apenas consideran el Evangelio. La mayor parte de sus sermones debe redactarse para complacer a los Comisarios de las indulgencias. La doctrina más sagrada de Cristo debe ser suprimida o pervertida en su beneficio. Ya no hay ninguna esperanza de curación, a menos que Cristo mismo haga volver los corazones de los gobernantes y los Pontífices y animarlos a buscar la verdadera piedad.[12]

Desde una perspectiva actual, es casi imposible apreciar el coraje que se necesitó para Erasmo y algunos otros de influencia hacer tales declaraciones públicas. Hay muchos héroes anónimos de la reforma, es una lástima que no podamos darles a todos su merecido mérito. Tal vez el más manso y menos apreciado  era Ecolampadio, quien había declarado a favor de Lutero, en Augsburgo, a finales de 1518. Después, cuando Ecolampadio se refugió en Basilea, multitudes llenaban la iglesia de San Martín cuando él tomaba el púlpito. Erasmo huyó a Basilea también, los dos fugitivos se convirtieron en amigos.

Temiendo que la amistad de Erasmus con Ecolampadio mermaría en su apoyo mutuo en contra de Roma, Lutero, le escribió para advertirle con palabras cuidadosas: “Mucho me temo que Erasmus, al igual que Moisés, va a morir en Moab y nunca nos llevará a la tierra de la promesa".[13]

Sin embargo, a pesar de sus graves diferencias, “los amigos de Lutero y aun el mismo tuvo tiempo para esperar y ver a Erasmo unirse con ellos en contra de Roma”.[14] Por desgracia, en su corazón, Erasmo (trágicamente al igual que algunos de los líderes religiosos judíos en el día de Cristo) y algunos líderes evangélicos en nuestro propio tiempo, estaba dispuesto a desagradar a Dios, para obtener la alabanza de los hombres. En la creciente controversia, intentó permanecer en la gracia de la jerarquía de la iglesia mientras “trataba de obtener concesiones de [Roma] que uniesen a las dos partes extremas. Las vacilaciones e inconsistencia de Erasmo habían disgustado a Lutero. ‘Tu deseas caminar sobre huevos sin aplastarlos’, reclamaba este valiente enemigo de Roma sin miedo y sin concesiones”.[15]

Finalmente un Antagonismo Abierto

A medida que crecía la brecha entre Erasmo y Lutero, Erasmo “Fue solicitado por todos; el Papa, el emperador, los Reyes, príncipes, eruditos e incluso sus amigos más íntimos, le rogaban  que escribirse en contra del reformador. ‘No hay trabajo’, escribió el Papa, ‘que pueda ser más aceptable a Dios y más digno de ti y de tu genio’”.[16]

A pesar de su oposición a las corrupciones de Roma que expresaba tan a menudo y tan  elocuentemente, él había permanecido en buena posición dentro de la iglesia. Ella (La iglesia) tenía el poder para proveerle de grandes honores. Erasmo no podía decidirse a hacer el sacrificio de salir completamente y estar del lado de lo que él creía era el extremismo de Lutero. Sin embargo, tampoco prefería oponerse a Lutero. “Es algo muy fácil de decir, ‘Escriba en contra de Lutero’, él respondió a un teólogo Romano; pero es un tema lleno de peligros...”

Esta indecisión por parte de Erasmo “trajo sobre él los ataques de los hombres más violentos de ambas partes. Lutero no sabía cómo conciliar el respeto que sentía por el aprendizaje de Erasmo con la indignación que sentía por su timidez”.[17] Finalmente, deseoso de liberarse de cualquier esperanza pendiente de obtener ayuda, del poco entusiasmo de Erasmo, Lutero escribió a Erasmo en abril de 1524. La carta reveló su impaciencia y continuo respeto por el hombre diecisiete años mayor que él y aparentemente ofreció una rama de olivo (señal de paz) poco característico de Lutero. En parte dice:

Usted aún no ha recibido de parte del Señor el coraje necesario para caminar con nosotros en contra de los papistas. Sufrimos su debilidad... Pero no se pase a nuestro campamento, dado que a usted le falta coraje, permanezca entonces donde está. Ojalá que en su vejez nuestro pueblo le permita dormirse en la paz del el Señor. La grandeza de nuestra causa ha ido más allá de sus fuerzas desde hace mucho tiempo.

Pero por otro lado, mi querido Erasmo, absténgase de desparramar sobre nosotros con tal esa abundante sal picante, que sabe usted muy bien cómo ocultar bajo las flores de la retórica; es más peligroso ser levemente herido por Erasmo que ser molido a polvo por todos los papistas juntos. Esté satisfecho en seguir siendo un espectador de nuestra tragedia y no publicar ningún libro contra mí y por mi parte, no voy a escribir nada en contra suya.[18]

Lutero debió saber la reacción que estas palabras condescendientes despertarían a Erasmo. El maestro de la retórica era un hombre orgulloso que tomó la condescendencia de Lutero como un insulto a su genio y a su integridad. Ahora la suerte estaba echada. D'Aubigné comenta: “Así Lutero, el hombre de lucha, pidió la paz; fue Erasmo, el hombre de paz, que inicio el conflicto. Si él aun no había determinado escribir en contra Lutero, probablemente lo hizo entonces... Además tuvo otros motivos”.

Enrique VIII y otros nobles “sinceramente lo presionaban a declararse abiertamente en contra de la reforma. Erasmo... sufrió para que la promesa no le fuese quitada de él... A él le gustaba la gloria y ya los hombres estaban acusándolo de temer a Lutero y de ser demasiado débil para responderle; estaba acostumbrado a la silla más alta y el pequeño monje de Wittenberg había destronado al gran filósofo de Rotterdam... Toda la cristiandad que se mantenía en la antigua iglesia romana le imploraba... un genio capacitado y de la mayor reputación de la época era presionado para oponerse a la reforma.  Erasmo respondió al  llamado”.[19]

Erasmo en algún momento se regocijaba en las fulminaciones de Lutero en contra de Roma. Al mismo tiempo advirtiendo al reformador de ser más moderado y prudente. Él había defendido a Lutero con estas palabras: "Dios ha dado al hombre un médico que corta profundamente la carne, porque de lo contrario sería una enfermedad incurable". En otra ocasión le dijo al Elector de Sajonia, “no me sorprende en lo absoluto que la (crítica de Lutero) ha hecho tanto ruido; porque él ha cometido dos delitos imperdonables; Él ha atacado el tiara del Papa y los vientres de los monjes”.[20]

La mayor debilidad de Erasmo fue el amor de la alabanza por las altas autoridades y él adoraba mostrar a sus amigos todos los halagos más recientes. Saliendo abiertamente contra Lutero, atraería más elogios que de quedarse al margen. “El Papa', escribió con vanidad infantil a un amigo… que él mismo declaró ser oponente de Lutero, ‘me ha enviado un diploma lleno de bondad y honorables testimonios. Su secretaria declara que se trata de un honor sin precedentes y que el Papa dicto cada palabra el mismo’”.[21] En el análisis final, la vanidad había ganado sobre la verdad.

El epitafio que las Sagradas Escrituras han escrito sobre la vida de Erasmo se aplica igualmente a los líderes evangélicos y las iglesias que hoy en día, que entran en complicidad de igual manera con Roma e incluso con el Islam: “Porque amaban mas la gloria de los hombres que la gloria de Dios” (Juan 12:43). Que Dios nos libre de tal liderazgo y nos conceda arrepentimiento y regresar a la verdad bíblica.

Una Estrategia Imposible

Erasmo no podía en buena conciencia defender las herejías y los abusos de Roma. Tampoco podía pedir las medidas fuertes que Lutero estaba presionando, aunque  alguna vez se las había elogiado. ¿Qué hacer? ¿Qué rumbo llevar? Decidió atacar a Lutero, no en su oposición a Roma, que en toda sinceridad no podía, sino en un punto que Erasmo consideraba algo desconocido.

En el otoño de 1524, Erasmo publicó su famosa tesis sobre La Disertación sobre la Libertad de la Voluntad, conocida posteriormente por Lutero y sus seguidores como la Diatriba. Le escribió a Enrique VIII, “confía en mí, esto es un acto audaz. Espero ser apedreado por ello”.[22] Sin embargo ¿que importaba?, cuando aquellos con más poder y mayor recompensa estaban totalmente de su lado.   Mucho antes que esto, las obras de Erasmo habían sido incluidas en el índice de libros prohibidos del Papa Pablo IV, junto con los de Calvino, Lutero y Zwingli.  Ahora Erasmo solo recibía elogios desde todos los rincones de la iglesia.

La primera reacción de Lutero fue de ira, porque Erasmo consideraba insignificante un tema de tanta importancia, como la libre voluntad del hombre para actuar en respuesta al Evangelio. Sin embargo, al principio desdeñaba el responder a una polémica que él consideraba tan débil como para ser digno de la batalla. Su silencio trajo exclamaciones de triunfo del clero de Roma: “Bueno, ¿dónde está tu Lutero ahora...? Ah, ha !Por fin ha topado con su igual! Ha aprendido a permanecer en el anonimato y en como controlar su lengua”.[23]

La Reacción Provocada de Lutero

Con renuencia inusitada, Lutero finalmente se obligó a preparar una respuesta, que empezó a trabajar hacia el final de 1525 (diez años antes de que Calvino escribiera sus Institutos de la Vida Cristiana). Melanchthon escribió para asegurarle a Erasmo que la respuesta de Lutero sería moderada, pero Erasmo sabía que eso era imposible. Tal vez Dios tenía que elegir a hombres con personalidades orgullosas e incluso desafiantes para hacer frente a la presión que Roma ejercía sobre aquellos que se atrevieron a oponerse a su tan cacareada autoridad, una autoridad despiadada que había permanecido casi indiscutida durante más de mil años.

El lenguaje en los Institutos de Calvino, revelan a un hombre igual que Roma, en su de desprecio y falta de paciencia o simpatía para aquellos cuyas opiniones diferían de él. Los escritos de Martín Lutero revelan lo mismo y eran brutales en su crítica sarcástica sobre Erasmo. Una pequeña muestra de su ad hominem (argumento o reacción), es esta:

De esta manera, simplemente nos dejas ver que en tu corazón aprecias un Luciano o alguno otro cerdo de la piara de Epicurio... ¡Seguramente en este momento estás jugando con las palabras de otra persona o ejerciendo un efecto literario! [24] Rebosas de Luciano por todos los poros y tomando tragos de Epicurio por litros. [25]

Aquí otra vez, como de costumbre, confundes todo... y así recaes una vez más en insultar y deshonrar a Dios y las Escrituras... Que parlotee el que quiera... La verdad es que buscas desde lejos y recoges todo lo irrelevante simplemente porque estás avergonzado... Puesto que no puedes derrocar... el pre-conocimiento... con cualquier argumento, intentando cansar al lector con un caudal de vana palabrería...[26]

¡Entienda por favor, le ruego por la abundancia de los desvíos y de los huecos que busca una mente resbaladiza por huir de la verdad! Todavía no escapa...[27] ¡Seré ahorcado si esta Diatriba (argumento) sabe lo que se está hablando! Tal vez aquí tenemos el truco retórico para oscurecer el significado, cuando el peligro está a mano, no sea que usted sea atrapado en sus palabras.[28]

Lutero no había considerado este tema en profundidad, como se vio obligado a hacerlo ahora. Él estaba dispuesto a admitir que el hombre podría ejercer efectivamente su voluntad en la toma de decisiones con respecto a asuntos terrenales. Pero en cuanto a la libertad de voluntad hacia su salvación, Lutero preparo el terreno para lo que Calvino (quien tenía quince años en este momento) escribiría diez años más tarde en sus Institutos, después de su conversión al protestantismo de Lutero. En su muy admirada, La Esclavitud de la Voluntad, Lutero pomposamente reprende e intimida a Erasmo:

En este libro mío... Le acosaré y todos los sofistas hasta que me digan exactamente lo que el “libre albedrío” puede hacer y no puede hacer y espero acosarle (que Cristo me ayude), en cuanto a hacer que se arrepienta de alguna vez publicar su diatriba (argumento). El pre-conocimiento de Dios no conoce las cosas eventualmente [es decir, los eventos solo dependen de su voluntad]... prevé, propone, y hace todas las cosas según su inmutable, eterna e infalible voluntad. Esta bomba derriba el “libre albedrío” y lo quebranta completamente... Usted insiste en que deberíamos entender la inmutabilidad de la voluntad de Dios y al mismo tiempo prohíbe que entendamos la inmutabilidad de su conocimiento previo. ¿Crees que no haga lo que él sabe de antemano, o que él no sabe lo que ya va a hacer por su voluntad? Si él hace lo que él pre-conoce, su voluntad es eterna e inmutable, porque su naturaleza es así. Lo que nos lleva a creer, por lógica irresistible, que todo lo que lo hacemos, a pesar de que pueda parecer algo mutable y eventual, es en realidad hecho necesariamente e inmutablemente con respecto a la voluntad de Dios...[29]

Aquí, como sucede a menudo en otras partes de la Esclavitud de la Voluntad, Lutero se jacta de su conclusión, sin dar ningún argumento válido de apoyo. Él asegura su tesis por su propia simple definición y no por lógica o por la Escritura. Sus afirmaciones anteriores no concluyen. Tampoco proporciona suficiente apoyo bíblico en esta obra para probar que la voluntad está en cautiverio. ¿En qué régimen de servidumbre? ¿A qué o a quién? Él a menudo implica la respuesta, pero no la desarrolla totalmente ni enfrenta las consecuencias del caso.

Lutero argumenta que la soberanía de Dios ipso facto (de hecho) elimina cualquier posibilidad de que el hombre pueda ejercer la libre voluntad: “esta bomba derriba el 'libre albedrío' y lo destuye completamente...” Dios conoce el futuro, y Lutero sostiene que esto significa que Dios al pre-conocer el futuro, éste que ya está predeterminado y en sí mismo demuestra que el hombre no puede actuar libremente. Agustín considero más cuidadosamente que Lutero el mismo problema y llega a una conclusión opuesta. Ya hemos mostrado por qué la idea de Lutero es falsa. El hecho que Dios sepa que algo va a suceder, no es la causa del porque sucede.

Por cierto, que Dios sabe lo que decidirá hacer el Sr. Juan en el futuro y éste seguramente eso hará (o Dios erraría, lo cual es imposible). Pero eso no significa que el Sr. Juan no puede ejercer una opción genuina en pensamiento, palabra y acción; Dios sólo sabe de antemano cuál va a ser la libre elección del Sr. Juan.

¿Está la voluntad en cautiverio porque Dios es soberano, y porque el ya determinó todo lo que ocurrirá? Esta parece ser la discusión de Lutero. Diez años después, Calvino llegaría a la misma conclusión, influenciada sin duda por Lutero, aunque él escribiría diferente su tesis para evitar dar crédito a Lutero. Sin embargo, si la soberanía y el pre-conocimiento de Dios eliminan la libre voluntad del hombre,  enfrentaríamos un dilema mucho mayor: la voluntad del hombre estaría esclavizada a la voluntad de Dios y esto haría a Dios ser el causante de cada mal pensamiento, palabra y acción. El estado oscuro actual de nuestro mundo sería exactamente según la voluntad de Dios, quitando todo sentido de lo que Cristo nos instruyó a que oráramos: “Vengase tu reino, hágase tu voluntad así, en la tierra como en el cielo.”

 Lutero intentó en vano escapar el dilema obvio e incómodo, que; si el hombre no puede hacer nada fuera de lo que Dios quiere, entonces Dios es el autor del mal. Esta infeliz conclusión es forzada sobre nosotros por una visión extrema de la soberanía, que ya hemos desmentido tanto por las escrituras como por la razón. Es imposible afirmar que hombre solo puede hacer la voluntad de Dios sin admitir que Dios es  la mano invisible que efectúa todo el mal que el hombre comete. Esta afirmación es una blasfemia — y aún así se encuentra en la base misma del Calvinismo así como Luteranismo.

¿Está Realmente Esclavizada la Voluntad?

La defensa del Calvinismo atrapa a las mejores mentes en contradicciones sin esperanza. Spurgeon mismo parece quedar en indecisión. A pesar de referirse a “la doctrina igualmente segura, que; la voluntad del hombre tiene su posición apropiada en la obra de salvación y no debe ser ignorada”. Spurgeon afirmó también que la idea del libre albedrío “deja toda la economía de la gracia y misericordia a ser como el recogimiento de átomos fortuitos impulsados por voluntad propia”.[30]  Obviamente esto no es cierto. “Átomos fortuitos” no tienen nada que ver con “Gracia y misericordia”, ¡ni tampoco  alguien que cree en el poder del hombre de tomar decisiones morales se imagina que puede controlar los átomos con su voluntad! Spurgeon debió apegarse a la exégesis bíblica.

El continuó lamentando, “No podemos decir con esta teoría si Dios triunfará y será glorificado o si triunfara el pecado.” No. Que nosotros los seres finitos no sabemos cómo resultará algo, esto no significa nada. El resultado siempre fue conocido por Dios desde la eternidad pasada.

Lamentablemente, siendo el gran predicador que fue, en ese sermón Spurgeon levantó y destruyó un espantapájaros atrás de otro: “Debe ser la voluntad de Dios, o la voluntad del hombre... Si no es la de Dios, entonces esto pone al hombre a decir, 'Sí' o 'No lo haré'. Si lo haré, entraré en el cielo. Si lo haré... conquistare el Espíritu Santo, porque yo soy más fuerte que Dios y más fuerte que la omnipotencia. Si lo haré, haré que la sangre de Cristo sea sin efecto... será mi propósito la que efectúe el propósito de Dios, o la haga caer.”[31]

Con todo respeto a Spurgeon, esto es una tontería. ¡Incluso el peor Arminiano no se imaginaría  “conquistar el Espíritu Santo” o ser “más fuerte que Dios” o que el hombre pueda “hacer la sangre de Cristo sin efecto” o forzar una entrada al cielo! Dios ha establecido las reglas para entrar al cielo. El hombre acepta o rechaza la salvación que Dios ofrece en Cristo — pero sin duda no está a cargo.

Como tantos otros calvinistas, en su afán de defender la soberanía de Dios, excluyendo la del ser humano, Spurgeon se inclinó a torcer las Escrituras para sus propios fines. Por ejemplo, cita la acusación de Cristo a los rabinos, “Y no queréis venir a mí para que tengáis vida”. Luego Spurgeon declara, “¿Dónde está el libre albedrío en este texto? Cuando Cristo mismo afirma que no lo pueden hacer, ¿quién se atreve a decir que lo harán...? El hombre  es tan depravado,  se empeña en travesuras, el camino de la salvación es tan repugnante para su orgullo, tan repugnante a sus lujurias, que no le gusta y nunca le gustará, a menos que aquel que ordenó el plan cambie su naturaleza y lo someta a su voluntad”.[32]

Spurgeon ignora el punto que Cristo está haciendo.  El hace esta declaración específicamente a los rabinos y no a todos los hombres. En segundo lugar, la declaración misma dice que tienen una voluntad y que por su propia voluntad lo están rechazando: “no queréis venir a mí...” Ni tampoco Cristo dijo que no pueden hacer lo contrario. En efecto, la declaración de Cristo no tendría sentido a menos que ellos de su propia voluntad se arrepientan y vengan a él.  Tan solo dos capítulos más adelante Cristo declara: “El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá la doctrina si es de Dios o si yo hablo por mi propia cuenta” (Juan 7:17). Spurgeon mismo cita este pasaje en este mismo sermón como prueba de que el hombre tiene un papel que desempeñar al venir a Cristo.[33]

¿Está realmente en esclavitud la voluntad? Si es así, ¿a qué o a quién? — ¿es posible liberar al cautivo de la esclavitud? Y si es así, ¿cómo puede hacerse esto? Debemos considerar cuidadosamente estas preguntas  y vamos a hacerlo en el contexto de un nuevo examen del Tratado de Lutero.

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